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Rolando Araya Monge La humanidad enfrenta la crisis más grave de su historia, pues nunca había encarado el desafío de su propia sobrevivencia. El tridente del calentamiento global, el fin de los combustibles fósiles y la escasez de alimentos, se une al asta de la mayor crisis financiera desde la Segunda Guerra Mundial, para hundirse en el vientre de la globalización. Este es el fracaso de la teoría económica reinante, de la esencia consumista y depredadora de la cultura. La economía global muestra síntomas de formidables contradicciones. La incapacidad para resolverlas es la señal de un mundo que muere. La trascendencia ética y moral es el reto del mundo que nace.
Aquí, en la pequeña Costa Rica, libramos nuestros combates. Ha llegado la hora de alzar la mirada. De tanto luchar contra el poder descarriado, hemos aprendido a aborrecer lo que combatimos, sin saber con certeza de qué estamos enamorados. Y sin ello, poco se gana, pues el avance de la civilización ha sido producto del amor y no del miedo. Buscamos soluciones. Unos por aquí, los otros por allá. El péndulo pasó la factura por los excesos del estatismo. Ahora empieza a cobrar la cuenta del mercado sin controles, con su paradójica herencia de un orden político inmoral e irresponsable, producto de una economía supuestamente amoral. La solución total no estaría en el Este ni el Oeste, ni adelante, ni atrás. Está aquí mismo, solo que más arriba. He podido ver la desaparición de la pobreza y la eliminación de la desigualdad tanto en Suecia como en Suiza, una más socialista, la otra más individualista. Diferentes caminos sin duda, pero ambas con cohesión social, responsabilidad y educación. ¿Un nuevo paradigma? Con frecuencia se confunde este concepto con una ideología mejor. Conviene hacer la diferencia. El cambio de paradigma político implica dejar de asociar la política únicamente al gobierno, a los políticos, a los partidos, y empezar a ligarla con el “empoderamiento” de la persona, de la sociedad, con buscar soluciones en la conducta social, con actuar desde lo social, no sólo desde lo institucional. Esa nueva cosmovisión emana el perfume de una visión holística en la política y hace visible el contraste con una noción mecanicista superada. La recuperación de la educación, la comunidad, la salud (física y mental) y los valores básicos es el paso inicial del nuevo paradigma. La nueva política está ligada a la búsqueda de una democracia más profunda, de una verdadera distribución del poder, de novedosas formas de autoorganización y autogobierno, de la capacidad de integrarnos con el medio natural y de un modelo social donde las virtudes ciudadanas hagan menos necesarias tantas leyes y tanto centralismo. Ciudadanos “empoderados” y solidarios abrirán el nuevo camino. El fruto será la libertad, el ser humano libre y feliz desplegando sus facultades para alcanzar la plenitud social. Hay ideas mejores que otras sobre las formas jurídicas, económicas e institucionales, y hay mejores propuestas sobre la organización social. Esta es la esencia de las ideologías. Pero la ruta hacia un orden social elevado se basa en un desarrollo mental y educativo, capaz de generar sociedades cohesionadas. No hay soluciones externas al alma humana, y ahora lo que está realmente a prueba son los alcances del espíritu humano y su capacidad de vencer la neurosis social que cunde. Quien crea que surgirá un modelo político superior al margen de la conciencia social se quedará esperando hasta el final de los días, sin lograr nada. Las puertas del cambio sólo se abren por dentro. El conocimiento por sí solo ya no es capaz de resolver los grandes problemas que vivimos. El cultivo de una nueva sabiduría nos llevará más lejos. Más que centrarnos en diseñar el Estado perfecto y buscar la teoría económica infalible, la estrella conductora es el desarrollo de valores sociales, como la educación, la salud, la convivencia armoniosa, la vida comunal, la familia, la solidaridad, la ecología, el arte. Una sociedad cohesionada con buena educación es la fortaleza económica más preciada, por encima del espejismo de indicadores volátiles. Esas sociedades no padecen de criminalidad, ni corrupción, pues la verdadera enfermedad social es el miedo, y este se acaba con la certidumbre de sentirse totalmente integrados con los demás. El objetivo de la educación sería mejorar la convivencia, el desarrollo pleno de facultades aletargadas y trascender el actual nivel de conciencia limitado por el encierro materialista de la actual civilización. Esto permitirá salir de la esclavitud mental, dejar de vivir basados en emociones que no controlamos, comprender que la realización personal sólo es posible cuando se busca la de los demás. Más armonía, menos conflicto, más solidaridad, menos egoísmo y el encuentro con uno mismo como la vía para experimentar una vivencia superior. Así entonces, el verdadero líder sería cada uno de nosotros, cada hombre y cada mujer con capacidad para guiarse a sí mismos. La nueva conducción será nuestra propia solidaridad desplegando su acción benéfica en el proceso social. “Cuando el alumno está listo, aparece el maestro”, dice un adagio de la filosofía oriental. Y así es en la política: Cuando el ciudadano está listo, aparece el líder. Cuando estemos listos aparecerán las nuevas instituciones, la nueva economía y habremos resuelto entonces los grandes problemas ambientales, económicos y políticos del momento. La mano visible del amor nos hará llegar más alto que la mano invisible de la codicia. Cuando nazca la nueva conciencia, nacerá el nuevo orden social. Y esa nueva conciencia está aquí mismo, solo que más arriba.
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