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Luis Armando Gutiérrez
Cada vez que tengo algún rincón disponible de tiempo, voy a Puntarenas y no podía faltar a las fiestas del mar, siempre me gusta pararme en los malecones de la punta y ver pasar las lanchas adornadas con banderines multicolores y la diversidad de adornos, hasta de pequeñas pangas con motor fuera de borda que, por ser más veloces, van dibujando filigranas de espuma sobre la estela de la procesión. Esta vez fue distinto, pasaron pocas embarcaciones, casi nadie llevaba adornos, sólo dos lanchas llevaban sus manteados azules y amarillos.
El Ferry sólo llevaba gente que había pagado un dineral por hacer el recorrido, el entusiasmo estaba bajo, inclusive las gentes que tradicionalmente se aglomeraban a la orilla de la playa para ver pasar el colorido desfile, hoy era sumamente poca, antes había que ir temprano para “coger campo,” ahora sobraban los espacios. Comenté en voz alta, la baja participación y una señora que estaba sentada delante, me dijo: “Con los combustibles tan caros, lo mal que pagan los intermediarios y todavía los pobres pescadores tienen que pagar un impuesto a Incopesca de más de veinte mil colones, como licencia por trabajar, además de un carnet, que no sirve para nada, pero que tienen que pagar como cinco mil colones, bajo pena de prohibirles trabajar si no lo tienen al día; ¿a quien le van a dar ganas de celebrar a la Virgen del Mar?”
Esto me puso a pensar en la blancura de los elefantes y la inseguridad de los pobres, porque toda esta parafernalia de Incopesca, ¿a quién beneficia? No beneficia en nada a los artesanales, más bien es contra los pescadores pequeños, que ahora no sólo tienen el peligro del mal precio del producto y la sangría de sus débiles economías, si no que aún persiste el temor de ser asaltados en medio golfo para robarles el pequeño patrimonio ganado con el sudor, el sacrificio de la pobreza y la inseguridad que inclusive amenaza sus vidas. Lenar Torrentes, viejo pescador, capitán de mil aventuras y muy querido amigo, me decía que los vientos que corren son de tormenta, que las marejadas son altas y muy seguidas, pareciera que vamos a la deriva y no se siente el capitán.
Realmente estamos en épocas de amenazas y cambio, la globalización pone en peligro todas nuestras instituciones y nuestras tradiciones, uno pensaría que todo debe cambiar hacia delante, para mejorar, pero no es cierto, estamos involusionando, estamos en medio de la resaca de la marea, la corriente empuja para adentro y nadie sabe lo que quedara al final del día.
Grandes nubarrones negros, también gruñen sobre el horizonte de los pescadores de las islas del Golfo de Nicoya. Hay gente empeñada en hacer negocios e inversiones en casinos y no son precisamente los antiquísimos pobladores de Chira, ni de Caballo, ni de Venado, estos ni siquiera tienen títulos de propiedad porque adquirieron su derecho de los Chorotegas. Dios ilumine a nuestra queridísima Alcaldeza, para defender a los desheredados y las largas tradiciones de los porteños.
El viejo Marti, ante las grandes adversidades, decía: “Es la hora de los hornos y solo se ha de ver la luz.” y casi un siglo después Isaac Felipe Azofeifa, nuestro viejo maestro, escribió: “… ya todas las estrellas han partido, pero nunca es mas oscuro, que cuando va a amanecer.” Y yo, parafraseando a mi amigo Trino Barrantes, de la UCR, les digo: Porteños, hermanos, los convoco a la insurrección de las ideas y de la voluntad, para sembrar el amor en todos los rincones y doblegar este monstruo que nos aprisiona.
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